La Corporación Casa Babel Centro Cultural nació en octubre de 2024 como una iniciativa colectiva para consolidar un espacio de encuentro, reflexión y creación en el departamento de Antioquia. Como entidad sin ánimo de lucro (ESAL), nuestra gestión se fundamenta en la transparencia y el trabajo voluntario, orientando cada esfuerzo hacia el enriquecimiento cultural armónico de la sociedad.
La Corporación Casa Babel Centro Cultural es una entidad sin ánimo de lucro dedicada a impulsar procesos culturales que fortalezcan el pensamiento crítico, la creatividad y la participación ciudadana. Desde un espacio abierto al encuentro, propiciamos experiencias donde las artes, la literatura, la memoria y la pedagogía permiten reconocernos como comunidad y proyectar nuevas posibilidades de vida.
Nuestra labor se centra en formar, acompañar y visibilizar iniciativas culturales que dignifiquen a las personas, amplíen su acceso a la cultura y promuevan una convivencia basada en el diálogo, la diversidad y la construcción colectiva.
Casa Babel trabaja para que la cultura sea una fuerza transformadora capaz de mejorar la calidad de vida, fortalecer la identidad y abrir caminos hacia una sociedad más consciente, justa y participativa.
Para el año 2035, la Corporación Casa Babel será un referente regional y nacional en la articulación entre el sector público, privado, académico y comunitario alrededor de la creación, la investigación y la circulación cultural.
Aspiramos a consolidarnos como un centro de pensamiento y formación que inspire nuevas comprensiones de ciudad, proteja la memoria y el patrimonio cultural, y contribuya al fortalecimiento de una sociedad más consciente, diversa y participativa.
Nos proyectamos como un espacio vivo e inclusivo donde la cultura actúe como motor de transformación social, diálogo y construcción colectiva.
Este viaje comenzó antes de la pandemia, con un Café-Bar llamado Acuarimántima. En aquel tiempo, las cosas eran diferentes, todavía se podía hacer planes sin pensar que el mundo podía detenerse. Acuarimántima no nació como negocio ni como proyecto cultural; nació porque nos hacía falta un lugar para ser y compartir.
Era un café pequeño frente a la Universidad de Antioquia. Al inicio sólo nos reuníamos algunos amigos, pero con el tiempo empezaron a llegar otros, gente que no conocíamos y que, sin darnos cuenta, se iba quedando. Hablábamos de música, de libros, de películas, pero sobre todo hablábamos de la vida. A veces alguien llevaba un texto propio y lo leía con pena; otras veces aparecía una pregunta y nos quedábamos alrededor de ella toda la noche. Pronto entendimos que cuando alguien encontraba un espacio donde podía hablar sin sentirse juzgado, regresaba, no por el café ni por la cerveza o la música, sino porque alguien lo había escuchado.
Para nosotros, como para todos los negocios pequeños, la pandemia marcó un final, tuvimos que cerrar. Pensamos que se había acabado, pero, al finalizar la cuarentena, el problema que dió inicio a todo seguía más vigente que nunca... aún necesitábamos un lugar. Lo que antes de pandemia parecía una intuición, ahora era una necesidad del alma; Acuarimántima representaba más que un espacio físico, para nosotros, era un lugar que debía existir tanto como deben existir los amigos. Habitar en comunidad no era en aquel entonces un capricho —ni lo es ahora—, es la expresión de resistencia más clara frente al individualismo de los tiempos modernos. Al abrir el Café-Bar dos años después, entendimos que Acuarimántima nunca había sido solo un café, sino un punto de encuentro para quienes necesitaban decir algo y no sabían dónde hacerlo.
Duró tres años más después de pandemia.
Cohabitar y expresar... Parecen dos tareas sencillas pero no lo son; ese fue nuestro más importante aprendizaje durante esos tres años. No siempre se tiene el tiempo o la disposición para expresar. Expresarse pasó a ser un acto subordinado a la producción, sólo puedo decir y hacer lo que me genere un ingreso que me permita sobrevivir. Pero en ese afán de la vida ¿cómo encuentro un lugar para mostrar lo que soy? Es por eso que poco a poco pasamos de ser un espacio de encuentro a ser un espacio para el arte, porque si algo permite mostrar lo que somos más allá del lugar que ocupamos es el arte y la cultura.
Comenzamos a organizar los primeros encuentros —cineclub, conversatorios de poesía, charlas sobre el punk en la ciudad y fotografía documental—; poco a poco creció la necesidad de un lugar más amplio para proyectar cine, exponer cuadros, presentar libros y escuchar música en vivo.
Nos movimos a Envigado con la misma idea inicial: cohabitar y expresar. Puede parecer algo pequeño, pero no lo es, cada vez es más difícil encontrar un sitio donde la gente se quede hablando sin que la música la expulse o la prisa la obligue a levantarse de la mesa.
Nunca hemos querido ser solo un bar ni solo un espacio cultural. Queremos ser un lugar donde se pueda llegar sin conocer a nadie y aun así no sentirse fuera de lugar, donde pueda leer un cuento, cantar una canción propia o prestada, declamar un poema o simplemente sentarse.
Con el tiempo entendimos que la cultura no aparece únicamente cuando se programa un evento; aparece cuando dos personas se quedan conversando después de que todo termina. La cultura no es lo que sucede en el escenario, sino lo que ocurre entre la gente. Es la forma en que aprendemos a vivir juntos, a reconocer ideas distintas sin dejar de compartir la misma mesa.
Ahí entendimos el nombre. La historia cuenta que Babel fue el lugar donde las lenguas se multiplicaron y los hombres dejaron de entenderse. Pero también puede leerse de otra manera: desde entonces el ser humano quedó condenado a buscar al otro para poder afirmarse; en Babel nació la diferencia, sí, pero también la diversidad. Tal vez el mundo siempre fue una Babel y lo verdaderamente extraño no es que hablemos distinto, sino encontrar un lugar donde alguien escuche. Somos babelianos no porque hablemos muchas lenguas, sino porque vivimos intentando comunicarnos, tratando de nombrar lo que sentimos hasta que alguien se sienta al frente.
El nombre cambió, pero lo que pasaba adentro no. Así nació Babel.
Hoy existe Babel Librería Café Bar, el lugar concreto: las mesas, la barra, el café y las cervezas, libros nuevos y usados, cuadros y fotografías, cámaras antiguas y objetos que hicieron parte de nuestras casas; el sofá cama, una fotografía, el teatro en casa que ambienta el espacio, una máquina de escribir, libros y demás, que guardan historias reales. Todo organizado bajo la misma lógica: un espacio donde confluyen voces distintas y donde la amistad encuentra lugar.
Pero también existe la Corporación Casa Babel Centro Cultural, donde nos reunimos soñadores de diferentes disciplinas con un objetivo social: incentivar, investigar, innovar y proteger el arte, la cultura y todas las expresiones de lo que hace que una comunidad mantenga su identidad incluso en la diversidad (el patrimonio, la memoria histórica, la historia).
En el camino se sumaron amigos como Tsundoku Librería y la editorial Aula de Humanidades, que nos permiten tener un espacio lleno de libros, de lectura y de oferta literaria.
Con el tiempo entendimos que lo importante no son los eventos, sino que, por un momento, la gente deje de estar sola.